Metodología


La formación en terapia familiar sistémica debe ser contemplada en el más amplio contexto de la formación en psicoterapia y, desde esa perspectiva, definida de acuerdo con sus características y peculiaridades.

Existe un amplio consenso acerca de que la formación en psicoterapia debe ser de postgrado, aunque no existe un acuerdo similar sobre las titulaciones que pueden darle acceso. Frente a las posturas más restrictivas que dominan en algunos modelos, los sistémicos tienden a aceptar que se pueda acceder desde diversas profesiones, y no sólo desde la medicina y la psicología, siempre que un sistema adecuado de módulos formativos permita adquirir los conocimientos básicos (por ejemplo, psicopatología) que, eventualmente, no se incluían en el curriculum de acceso. En el campo de la terapia familiar europea también existe un creciente consenso sobre la duración mínima del proceso formativo: cuatro años, con un número de horas que gira en torno a las trescientas por año.

La piedra angular de un programa de formación en terapia familiar es la práctica terapéutica con familias, por lo que la medida de calidad más obvia vendrá dada por la actividad clínica existente en el centro o institución que le sirva de sede. Sabemos que el uso de espejo unidireccional y la videograbación son instrumentos incorporados a la actividad terapéutica sistémica y, por ende, a la formativa. Son la joya de la corona, la más importante y revolucionaria aportación de la terapia familiar al patrimonio técnico psicoterapéutico, hasta el punto de que resulta inconcebible que siga habiendo modelos que se resistan a utilizarlos. En consecuencia, cualquier programa serio de formación en terapia familiar debe estructurarse sobre un núcleo práctico de actividad clínica con supervisión directa.

La observación en grupo de estas sesiones debe empezar el primer año de formación, de forma que los alumnos se familiaricen con ellas y puedan asumir responsabilidades como terapeutas (siempre bajo supervisión directa) a partir del segundo año. Las sesiones de terapia, precedidas de una presesión en que el grupo y el supervisor ayudan al terapeuta (y, eventualmente, al coterapeuta, si se trabaja en coterapia) y seguidas de una postsesión en que se recapitula lo que acaba de suceder y se prepara la ulterior estrategia, son un auténtico lujo, pero un lujo legítimo que responde a una estricta necesidad: garantizar la máxima calidad durante el proceso de aprendizaje. Ya vendrá después la dura realidad a imponer restricciones en los contextos, públicos o privados, en que los alumnos acaben desempeñándose como profesionales.

También debe existir un programa teórico, pero es importante que éste no se disocie de la práctica. Por eso es bueno que el espacio teórico se desarrolle inmediatamente después del clínico, dirigido por el mismo docente que ha actuado como supervisor. Así es fácil recurrir al material relacional que se acaba de trabajar para ilustrar y dar cuerpo a los conceptos teóricos, a medida que se van introduciendo. Por supuesto que un programa se enriquece con los aportes exogámicos de ponentes especialistas en temas concretos, invitados para dictar seminarios, talleres y conferencias. Pero esa actividad debe ser complementaria, y nunca sustitutoria, de la que desarrollen los propios docentes de la escuela, engarzando estrechamente teoría y práctica.

Tras años de negar o relativizar su necesidad, la terapia familiar ha acabado aceptando la importancia de una cierta formación centrada en la persona del terapeuta. Así es como, últimamente, han proliferado los talleres sobre el genograma o la familia de origen del terapeuta. Con ser un progreso importante, creemos que la formación vivencial-experiencial no debe limitarse a ello, sino que debe extenderse durante todo el tiempo de formación, incluyendo el trabajo de las habilidades comunicacionales, el desempeño del trabajo en grupo y el manejo de los diferentes contextos relacionales actuales de cierta relevancia.

También es importante que exista un espacio dedicado al análisis organizacional o institucional, donde el terapeuta en formación aprenda a moverse en las procelosas aguas de lo que serán, o ya están siendo, sus contextos laborales o de intervención. A veces, los alumnos, conscientes de la calidad de la formación que están recibiendo, y orgullosos de ella, pueden descuidar las estrategias relacionales necesarias para aplicarla y optimizarla, y el espacio organizacional debe ayudarles a adquirirlas. Por último, un buen programa de formación en terapia familiar debe disponer de un espacio tutorial que personalice la coordinación de todos los demás, brindando un marco integrador para las dificultades que puedan suponerle al alumno sus propios eventos vitales y las peculiaridades del proceso formativo.


Juan Luis Linares
Director Escuela de Terapia Familiar del Hospital de Sant Pau